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LOS HERMANOS FLORES
April 19, 2014, 4:01 am
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Cerro Las Cañas, después del Fuego

Por Andrea Lagos y Joel Cistermas

La noche del incendio los hermanos Flores celebraban el cumpleaños de John. Eran en total doce hermanos, más la madre de todos, las esposas de cada uno, los hijos, las hijas, los suegros, los perros y los gatos. Todos juntos en una loma de Las Cañas cantando cumpleaños feliz.


Jaime, el hermano mayor, vendedor de nueces en El Cardonal, había terminado un asado y lo había dejado en una olla, sobre las brasas de la parrilla, para que se mantuviera caliente.

Recién cuando empezaron a caer trozos de carbón encendido desde el cielo se dio cuenta que el incendio que se sentía a lo lejos, se había descontrolado y venía hacia ellos.

El bosque de El Pajonal, en el Cerro Las Cañas de Valparaíso, se estaba quemando. Todo el Camino La Pólvora se estaba quemando. Y así varios cerros estaban ardiendo. Un kilómetro y medio, quinientas casas, mil casas, dos mil casas. Al final, fueron ocho mil evacuados en plazas, colegios y postas.

Jaime y los suyos huyeron también del fuego.
El suegro no quería correr. Se quería quedar abrazado a un árbol.

A la rastra, el yerno se lo llevó.
– Suegro, ¿quiere vivir?- Le dijo y no hubo respuesta.

Incluso -dice hoy Jaime- él también pensó dejarse abrazar por el fuego.

Antes, Jaime llevó las llaves y el candado del hogar. Hoy sólo eso tiene entre manos.

En este capítulo, los hermanos planean la reconstrucción. Las mujeres de la parentela, esperan en el albergue de la Escuela Grecia a que la casa esté terminada.

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Infierno en Valparaíso
April 13, 2014, 7:56 am
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Por Andrea Lagos G.

Medianoche.
Silvia, albergue de la Escuela Grecia: “Fui a torrantear cerca donde empezó el incendio, pero cuando llegué a mi casa, el fuego se propagó como una lengua que ardía. Mis niños estaban ahí. No querían salir. Corrí, los saqué y saqué a mi tía Marta y bajamos el cerro. Caían carbones encendidos que parecían meteoritos. Podían caernos encima, en la cabeza. Pero nos rozaban por el lado. El calor era tremendo. Bajamos caminando, con lo puesto no más. No alcanzamos a salvar nada. Bajamos yo y los tres niños y la tía Marta que venía con pantuflas. Una camioneta de fletes nos bajó. En el camino vimos a los animales que una vecina criaba en la quebrada. Los chanchos veían prendidos. Los patos aleteaban. La mula y la yegua se habían muerto. Era como el infierno. Nuestra casa desapareció: Tía Marta, no llore”

Tía Marta: “Mi Perrito, no alcancé a salvar a mi perrito”.
Silvia: “Es que los perritos se esconden y no escapan, tía”.

SOY CHILE

Afuera del albergue de la Escuela Grecia, una cadena humana distribuye los colchones que envió la Onemi. La misma cadena humana, entra agua mineral y cajas de alimentos. Los colchones los ponen en las salas. Y los tapan con frazadas rojas de polar. Aún no hacen entrar a la gente a las salas de los colchones. Pronto lo harán.
No hace frío. Hay luna creciente.

Los niños en el patio juegan a la pelota. Meten goles sólo a un arco. Los viejos fuman. Las señoras esperan y se anotan “para los beneficios” futuros que no saben cuáles serán. Anotan sus nombres, sus apellidos, sus direcciones.
A la familia Jiménez llegan a entrevistarla de la televisión. Les preguntan si se les quemó todo. Y ellos dicen “Sí, se nos quemó todo”.
Están en las escaleras y una voluntaria les lleva té caliente.
Todos tienen los ojos rojos. Se les ven los ojos hasta que se corta la luz. Vuelve la luz. Se apaga de nuevo. Los semáforos no funcionan. Hay un silencio raro en el puerto. Y es sábado.
Marisol Gallardo, reparte Milo gratis en la Plaza O`Higgins. Su termo inmenso funciona sólo con energía eléctrica. Tras el apagón decide volver a su casa en micro. En la micro que su marido choferea. El hombre la espera en una esquina con sus tres  hijos. Ella, la madre, sale de voluntaria cada vez que hay una tragedia. Esta vez bajó con Milo caliente y con los cobertores de la casa. Los regalo todos.
– ¿Hasta cuando nos pasan cosas?- le pregunta una señora que recibe agradecida algo con qué taparse. A su lado, Zuliana Araya, la concejala transexual, invita a otros damnificados que están en plaza a abrigarse en el Albergue. Hay varios albergues: “No se quede acá, vaya a anotarse para que la consideren después en la ayuda del Estado. Hay espacio en el Consultorio Mena, en el Reina Isabel, en La Escuela Pablo Neruda, en la Junta Vecinal Nº66, en el Fortín”.
– ¿Por qué nos va ayudar ahora el Estado si hasta ahora nunca lo ha hecho?”- pregunta un joven que mira cómo las llamas bajan y bajan desde el cerro por la quebrada.
– A mí se me quemó mi casa, la de mi tía, la de mi prima y la de mis amigos. Desapareció todo. No quedó nada.
A su lado, una  señora insulino-dependiente está postrada en el pasto de la plaza. Unos enfermeros la toman en brazos y la llevan a una silla de ruedas.
Cerca, una mujer reparte sándwiches. Otra, plátanos.
Desde la Plaza Sotomayor siguen saliendo los carros de bomberos.
En el Barrio Puerto, la PDI agarra a un asaltante en un callejón y lo atrinca contra un muro.
Los marinos ya sacaron a toda la gente de “El Máscara” y de todos los otros recintos para bailar y tomar. No se puede tomar hoy. Hay “Estado de Excepción” decretado por la presidenta. Los marinos están acuartelados. Todos los bomberos en el cerro.
Algunos presos en canchas de fútbol, 8.000 personas evacuadas, 500 casas quemadas, 300 hectáreas arrasadas, 1500 uniformados en las calles, un cinturón de fuego de un kilómetro y medio y cuatro personas muertas.
Y el fuego sigue.